jueves, 22 de diciembre de 2011

NOCHEBUENA



Quiero compartir este relato para que tengamos en cuenta que, no todos los niños reciben regalos y que el regalo más grande es la vida misma.

En día, el director de hospital de niños, en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían.

Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás.

En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Este reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizás pedían permiso.

Entonces, se acercó y el niño lo rozó con la mano:

-Dile a... -susurró el niño-. Dile a alguien, que yo estoy aquí.

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